Por Alexander Bonilla
En el mundo moderno y en los países desarrollados, la jornada laboral clásica, que implicaba trabajar de lunes a viernes de 8:00 a. m. a 5:00 p. m., es algo totalmente obsoleto a nivel mundial. La pandemia nos enseñó que podemos trabajar desde casa o bajo lo que se comenzó a implementar en Estados Unidos y Europa: trabajos híbridos, tres días en la oficina y dos desde casa, o simplemente asistir a reuniones o actividades presenciales obligatorias.
Pero ¿cómo es posible que en El Salvador, en plena era moderna, todavía existan dinosaurios en las empresas y organizaciones que buscan esclavos y no empleados? Aún tienen la concepción de que un buen empleado es aquel que pasa sentado las 40 horas laborales en una silla y que, si se levanta o realiza otra actividad que no sea la propia de su trabajo, representa una pérdida para la empresa o es algo malo. Por esa razón, no ven con buenos ojos una reducción o readecuación de la jornada laboral, que al final podría generar beneficios.
Pero ¿por qué quieren tener gente en las oficinas si muchas veces el trabajo para el cual se ha contratado a una persona no requiere que esté encadenada a una silla? Sin embargo, como siempre, hay gerentes y jefes que buscan quién les haga el trabajo que, por su cargo, se les ha subido a la cabeza. Buscan quién les haga tareas como ir por un café o por el almuerzo que se les olvidó, corregir una presentación o salvarlos de algo que, por incompetencia, no pueden hacer. Por eso quieren tener a su “equipo” siempre en la oficina.
Otro punto es que las empresas están mal acostumbradas a no respetar el tiempo ni la vida de los trabajadores. No respetan las horas laborales y, en algunas empresas, la bienvenida que te da Recursos Humanos es: “Acá hay horario de entrada, pero no de salida”, mientras que las horas extra no están autorizadas.
Lastimosamente, soportar estas situaciones inhumanas se acepta por el simple hecho de tener la necesidad de un trabajo, porque ya se sabe que, si uno deja ese puesto, afuera hay otros 20 o 30 persiguiendo ese mismo trabajo. Y, por tener un empleo, toca aceptarlo.
Pero, como la mente de algunos jefes y gerentes está orientada a quedar bien y a que sus metas se cumplan, están acostumbrados a explotar a los trabajadores y a establecer horarios que al único que le convienen son a ellos y no al empleado.
Si se comienza a respetar al trabajador, no asignándole tareas que no le corresponden, respetando su jornada laboral y evitando llamadas durante las horas no laborales, la situación podría comenzar a cambiar, ya que esas prácticas del siglo pasado solo afectan la salud, la situación económica y el estado emocional de los trabajadores.



