Por Alexander Bonilla Paz
Caía la tarde en West Oakland. Era uno de esos viernes de locura en los que el objetivo principal es entregar todo el trabajo hecho durante la semana para cerrar, por fin, con cierta tranquilidad. Mi labor consiste en mover autos de un edificio a otro, y para ello debo conducir por la calle Martin Luther King Jr. Fue entonces cuando, de pronto, algo me obligó a frenar la rutina: un carruaje tirado por caballos avanzaba lentamente frente a mí.
Al verlo, pensé que se trataba de un desfile o alguna celebración comunitaria, pero pronto entendí que era un entierro. Un carruaje fúnebre, a la antigua, acompañando el último adiós de alguien.
En circunstancias normales, la policía local escolta el traslado de una carroza fúnebre desde el lugar de velación hasta el cementerio. Pero aquella tarde, la escena era distinta. Amigos y familiares del difunto habían tomado en serio la tarea de detener el tráfico por cuenta propia, abriendo paso para que el caballo y el elegante carruaje condujeran al fallecido hacia su destino final.
Solo había visto algo así en películas o en funerales de la realeza, jamás en Oakland. La imagen me atrapó de inmediato. Mi radar fotográfico se encendió: “Ahí está la foto”, pensé. Así que decidí seguir la procesión para capturar al menos un instante de aquel momento tan inusual.
No fue sencillo. Los familiares y amigos escoltaban con mucho celo al difunto, que imagino —por inferencia— había pedido realizar su último viaje en ese carruaje tan particular. Aun así, logré contemplar la escena con detenimiento.
Mientras observaba el cortejo avanzar, comprendí que hay despedidas que merecen un estilo propio. Y que, a veces, el último viaje también puede ser un acto de belleza singular.




linda foto, y excelente historia