Por Alexander Bonilla
Hoy, Marina Boulevard en San Francisco se transformó de una tranquila avenida frente al agua en un espectáculo vibrante que tuvo a toda la ciudad hablando. Desde temprano en la tarde, justo donde normalmente se ven patos en el agua y ciclistas pasando, olas humanas se arremolinaban con café en mano y cámaras listas para presenciar algo poco común: un Fórmula 1 rugiendo entre edificios y palmeras durante el Red Bull Showrun San Francisco.
No era simplemente un “showroom” estático, sino una mezcla de demo de velocidad, ruido de motor y sorpresa urbana. Vecinos y visitantes comentaban entre risas cómo un coche que normalmente vemos por televisión en Monaco o Melbourne parecía demasiado grande y poderoso fingiendo ser parte del paisaje local. Al mismo tiempo, por detrás, el rugir de un Ford Raptor T1+ saltando sobre colinas casi como si desafiara la lógica — como si San Francisco hubiera pedido un poco más de locura — se volvió tema de conversación en cada esquina.
Y mientras algunos niños bailaban al ritmo de sus latidos con cada aceleración, otros organizaban pequeñas apuestas amistosas: ¿cuánto tardará el F1 en pasar otra vez? La escena entera tenía algo de carnaval mecánico, con café artesanal en la mano y bocinas metropolitanas mezclándose con gritos de asombro .
Los conductores que participaron — entre ellos figuras que normalmente se ven en pistas internacionales — parecían estar disfrutando del contraste: acelerar un Fórmula 1 no en una curva peligrosa en Europa, sino frente a la brisa del Pacífico y el sol de la tarde.
Al caer la tarde, cuando el tráfico se desviaba y los últimos ronroneos de motor se menos oían, la sensación en el aire ya era clara: San Francisco no se olvida fácil de días como este — cuando la calle se convierte en pista y la ciudad vibra al ritmo de cada motor que acelera.



