Seattle conquista el Super Bowl LX, pero las reglas de la NFL frenan el festejo financiero de su dueña

Por Alexander Bonilla

Los Seattle Seahawks volvieron a la cima de la NFL tras imponerse 29-13 a los New England Patriots en el Super Bowl LX, en una noche donde la defensa marcó el ritmo y la ofensiva selló una victoria sin sobresaltos. El equipo levantó el trofeo Vince Lombardi ante miles de aficionados, consolidando una temporada dominante que quedará en la historia de la franquicia.

En el palco y luego sobre el escenario, la propietaria Jody Allen celebró con evidente emoción el campeonato. Sin embargo, detrás del brillo del trofeo y la euforia del estadio, existe una realidad poco conocida: las estrictas políticas de la NFL limitan la forma en que los dueños pueden capitalizar económicamente estos triunfos.

A diferencia de otras ligas, la NFL opera bajo un modelo de reparto de ingresos que distribuye de manera equitativa buena parte de las ganancias por derechos de televisión, patrocinios y mercancía oficial. Esto significa que, aunque el título incrementa el valor de la franquicia y fortalece su marca global, los beneficios directos no se traducen automáticamente en mayores dividendos individuales para su propietaria.

El campeonato sí representa un impulso estratégico: mayor exposición internacional, aumento en ventas de productos oficiales y una valorización potencial del equipo en el mercado deportivo. Pero en términos inmediatos, el sistema financiero de la liga prioriza la estabilidad colectiva sobre las ganancias individuales.

Seattle celebra en el campo; la liga mantiene el equilibrio en los libros contables. Así, el Super Bowl LX no solo dejó una postal deportiva memorable, sino también una lección sobre cómo funciona el negocio detrás del espectáculo más grande del fútbol americano.

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