Isabel Pazos el arte de cruzar fronteras sin pedir permiso

Por Alexander Bonilla

No todas las historias de cine empiezan frente a una cámara. Algunas nacen lejos del set, en la decisión silenciosa de insistir cuando el terreno es desigual. Desde Guatemala, un país que rara vez aparece en los créditos principales de la industria audiovisual global, surge una de esas trayectorias que no hacen ruido al llegar, pero que se quedan. El nombre es Isabel Pazos y su camino es el de una artista que entendió temprano que crear también es resistir.

El contexto no es menor. En la gran maquinaria del cine internacional, la presencia latina sigue siendo limitada. Las cifras lo confirman: menos del cinco por ciento de los roles relevantes en las películas más taquilleras de los últimos años han sido ocupados por actores hispanos o latinos. Para una creadora centroamericana, ese escenario no solo exige talento, sino una claridad brutal sobre quién se es y por qué se insiste. Isabel eligió insistir.

Su vínculo con la actuación comenzó como comienzan muchas vocaciones auténticas: como un juego y un refugio. Con el tiempo, ese espacio íntimo se convirtió en una brújula. El salto a Inglaterra marcó un antes y un después. Cambiar de país implicó aprender nuevos códigos, asumir precariedades y convivir con la duda. Pero también significó afinar una identidad artística basada en la versatilidad, la curiosidad y el riesgo constante.

Formada entre Estados Unidos y Europa, Isabel construyó una educación híbrida: un MFA en Performing Arts por SCAD, entrenamiento en instituciones londinenses como la Identity School of Acting y la National Youth Theatre, y una preparación técnica que abarca desde actuación frente a cámara hasta análisis dramatúrgico y combate escénico. No se trata de acumular credenciales, sino de entender el oficio desde todos sus ángulos.

Esa mirada amplia se percibe en su trabajo audiovisual reciente. En Ahogándome, bajo la dirección de Rafaella Parodi, sostiene con precisión el pulso emocional de la historia. Antes, transitó registros diversos en proyectos independientes y experimentales, festivales de creación acelerada y, de forma decisiva, en Juror #2 de Clint Eastwood. Un crédito que no define una carrera, pero sí señala que el radar empieza a activarse.

El teatro ha sido otro territorio clave. Desde el musical clásico en Fiddler on the Roof hasta propuestas más íntimas como That First Fall, Isabel ha demostrado una presencia escénica que dialoga tanto con la tradición como con la exploración contemporánea. A eso se suma su trabajo tras bambalinas como asistente de dirección, una faceta que revela algo poco común: la voluntad de entender el espectáculo como un organismo completo, no solo como un lugar de lucimiento personal.

En 2024, su nominación como Mejor Actriz de Reparto en el Savannah 48hr Film Festival funcionó como confirmación, no como punto de llegada. La confirmación de que una identidad construida entre países, acentos y disciplinas puede resonar en espacios de alta exigencia profesional.

Lejos de discursos grandilocuentes, Isabel mantiene una ambición sencilla: ofrecer al público un respiro, un momento de disfrute honesto frente a la pantalla o el escenario. Pero en esa sencillez hay algo más profundo. Su recorrido forma parte de una generación de artistas guatemaltecos que ya no espera ser invitada a la mesa, sino que aprende a construirla.

Hoy, Isabel Pazos se abre paso a nivel a internacional, construyendo una señal con paso firme con el mensaje 00que Guatemala también se mueve, crea y cruza fronteras a través de sus artistas. Y que, a veces, el gesto más innovador es seguir haciendo arte cuando el mundo no estaba diseñado para ti.

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