Por Alexander Bonilla
San Salvador — Cuando la mayoría de la ciudad aún duerme, Beissy ya está en pie. Su jornada comienza antes del amanecer, acompañada únicamente por las estrellas. Sale del cuarto que alquila, se encomienda a Dios y camina unas cuantas cuadras hasta su punto de trabajo. No hay escritorio ni contrato laboral. Entre luces rojas y verdes, limpia parabrisas para reunir las monedas que sostienen su día a día.
Así ha construido su rutina durante años.
Con lo que logra recaudar, divide cuidadosamente cada centavo: renta, alimentación y un poco más para enviar a San Vicente, donde su madre y sus hijos dependen de ese apoyo. A pesar del cansancio y la incertidumbre, Beissy conserva la sonrisa. Para ella, cada jornada es una nueva oportunidad.
A sus 37 años, ya carga una batalla ganada: sobrevivió al cáncer de matriz, diagnosticado en etapa inicial y tratado a tiempo. La noticia fue dura, pero encontró en sus hijos la fuerza para enfrentar el proceso y salir adelante. Esa experiencia marcó un antes y un después en su vida.
Hace un par de años tomó otra decisión que cambiaría su rumbo: retomar sus estudios. Se inscribió en la modalidad flexible para completar el bachillerato y en 2025 logró graduarse. Durante ese proceso, un docente le habló sobre las becas de la Dirección de Integración y las oportunidades de desarrollo disponibles.
Beissy no lo dudó.
Se incorporó al Proceso Formativo, requisito para optar a una beca universitaria. Cumplió horas de refuerzo académico los fines de semana, participó en visitas a universidades y empresas y completó cada uno de los pasos exigidos. En diciembre recibió la noticia que había estado esperando: su esfuerzo fue recompensado con una beca.
Hoy cursa la Licenciatura en Trabajo Social en la Universidad Pedagógica. Se define como una mujer sencilla, sin lujos, pero profundamente agradecida. Su objetivo es claro: formarse para ayudar a otras personas que, como ella, han tenido que abrirse camino en medio de las dificultades.
Mientras recorre los pasillos universitarios, su familia la observa con orgullo. Para ellos, Beissy no es solo estudiante; es un ejemplo de perseverancia y una heroína de la vida real.
Los semáforos y las madrugadas siguen siendo parte de su historia, pero ella sabe que son una etapa. Se proyecta como una futura profesional al servicio de su comunidad, convencida de que cada sacrificio la acerca más a sus sueños, como parte de una generación que aprende a florecer incluso en los terrenos más difíciles.



