Por: Alexander Bonilla Paz
La tarde cae lenta sobre el Distrito de la Misión en San Francisco, y el aire comienza a oler a incienso y cempasúchil. No es una simple celebración; es una llamada. Un recordatorio de que la muerte no nos arrebata la historia, sino que la reordena. En la 44ª procesión del Día de Muertos, la comunidad vuelve a reunirse —no para despedirse, sino para acompañar.
La procesión avanza por las calles como un río antiguo. Al frente, los danzantes aztecas marcan el pulso con sonajas que resuenan profundo, como un corazón que sigue latiendo más allá del cuerpo. Cada paso es un homenaje. Cada giro del tobillo, una plegaria. El sonido se mezcla con murmullos, con la respiración de quienes cargan velas, retratos y flores anaranjadas que brillan como pequeños soles terrenales.

Detrás, varias mujeres transformadas en catrinas emergen como espectros vivos. Sus rostros, pintados con delicadeza, no buscan imitar la muerte, sino conversar con ella. Las coronas florales coronan la memoria. Algunas llevan fotografías enmarcadas en papel picado; otras sostienen la mano de un niño que camina atento, aprendiendo a recordar.

En una banqueta, una mujer se toma un momento para colocar una vela frente al retrato de su hermana. Sus dedos tiemblan al encender la flama, pero su mirada permanece firme. A su alrededor, el barrio observa y acompaña. Nadie está solo esta noche.

La historia de esta procesión no es nueva. Desde finales de los años setenta, cuando la Galería de la Raza y el Comité de Rescate Cultural organizaron la primera marcha, el Día de Muertos en la Misión ha resistido la comercialización, la gentrificación y el olvido. Juan Pablo Gutiérrez Sánchez lo dijo con claridad: «Nuestros muertos no se venden.» Esa consigna continúa siendo el latido que sostiene esta tradición.




